Viento en contra. La baja del precio de las materias primas y la contracción de la economía en América del Sur

 

Con la caída de la renta de la tierra, la base material de los gobiernos autotitulados populares empieza a acabarse. El ajuste avanza con ellos o con la oposición. Peores salarios y aumento de la deuda externa aparecen como la única alternativa patronal.

Juan Kornblihtt

OME-CEICS

 

Cuando la economía crecía, los gobiernos autotitulados “populares” de América del Sur se lo atribuyeron a su propia capacidad por haber estimulado la intervención estatal, a diferencia (y como superación) de las políticas neoliberales de los ‘90. Ahora que las variables comienzan a caer, le echan la culpa a la crisis mundial. Sus críticos neoliberales, por otra parte, señalan que el crecimiento no fue mérito propio, sino producto de la fuerte suba del precio de las materias primas. Ahora que Venezuela, Argentina y Brasil caen, culpan a esos gobiernos por aplicar políticas intervencionistas las cuales habrían frenado el desarrollo económico. Las dos explicaciones contrapuestas atraviesan los procesos electorales y mantienen la ilusión de que con alguna de las dos recetas se puede zafar de la crisis. El problema del debate entre neoliberales y anti-neoliberales es que no pueden ver la unidad entre la suba y la baja como expresión del mismo proceso y que ninguna de las dos posturas es una alternativa real.

Dos caras de la misma moneda

El crecimiento de América del Sur tiene como impulso más evidente la fuerte suba del precio de las materias primas. Sin embargo, no se entiende su fuerte capacidad de expandir economías que venían de perder en forma sistemática posiciones en el mercado mundial si no se ve que la entrada de riqueza por las exportaciones, la llamada “renta de la tierra”, estuvo antecedida por décadas de ajuste. Junto al aumento de la tasa de explotación gracias a la caída del salario real, se dio en forma sostenida en América del Sur, a partir de los ’70, un proceso de depuración de capital sobrante mediante la quiebra de las empresas más ineficientes (la mal llamada “desindustrialización”) y la privatización de las empresas estatales. Todo esto motorizado por las políticas neoliberales.

Cuando, luego de años de vacas flacas, volvieron a subir los precios de las commodities, la riqueza que entró de la mano de las exportaciones de soja y el petróleo principalmente se encontró con una economía más liviana para impulsar. Las políticas de estímulo industrial y los subsidios directos al consumo, motorizados por las transferencias estatales hacían subir de la mano a las ganancias y al consumo popular. Aunque eran medidas solo posibles por el trabajo sucio realizado por sus antecesores, la apariencia de que no había contradicción entre capital y trabajo volvía a la escena y parecía que el neoliberalismo había quedado atrás.

Sube y baja mundial

El vínculo entre el crecimiento de los 2000 con el neoliberalismo no solo se daba por las condiciones internas. La propia suba de las materias primas se explica por las políticas implementadas en los países más ricos para intentar escapar de la crisis. Ante la caída de la actividad económica provocada por una menor rentabilidad, el capital intenta zafar mediante un estímulo monetario vía créditos que dispara el consumo. La actividad económica de las potencias se expandió aun cuando no se produjo un aumento basado en una depuración de capital sobrante ni un crecimiento acelerado de la tasa de explotación. Pese a no haber bases reales para que se genere una expansión del consumo, este crece a tasas muy altas. Este mecanismo opera desde los ‘70 con diferentes formas. Lo particular del ciclo que se abre en la última década es la centralidad que ocupa China.

El gigante asiático abastece de productos baratos a los EE.UU. gracias a sus bajos salarios. La expansión de una economía que consume muchas materias primas empujó hacia arriba su precio. Pero la demanda de los bienes chinos en los EE.UU., su principal mercado, se ha sostenido, primero, con una permanente expansión del crédito privado, a través de las hipotecas y las tarjetas de crédito, y, ahora, por la emisión estatal. En 2008 se puso en evidencia la fragilidad de estos mecanismos con el derrumbe del sistema bancario, lo que llevó, en 2009, a una de las contracciones del comercio mundial más grandes de la historia y a un derrumbe de los precios de las materias primas.

Gracias al estímulo provocado por la fuerte intervención de la reserva mediante la baja de la tasa de interés y la emisión monetaria, EE.UU. logró una recuperación que, sin bien no fue muy fuerte, alcanzó para evitar que la demanda mundial cayese. Recibió la ayuda china, ya que, lejos de especular contra el dólar y poner en evidencia la falta de bases materiales de la economía estadounidense, siguió comprando bonos del tesoro yanqui. El respaldo chino a la expansión monetaria de los EE.UU. garantizaba un mercado para su creciente producción y evitaba el estallido de una crisis propia.

El efecto de estos mecanismos permitió una recuperación del comercio mundial entre 2009 y 2011 que empujó a la suba los precios de las materias primas. Los procesos de América del Sur que parecían agotados en 2009, con crisis en Argentina y Venezuela como epicentro, tomaron un segundo aire. Sin embargo, el efecto estimulante empezó a desvanecerse hacia 2011. Otra vez las tasas de crecimiento empezaron a caer. Los estímulos monetarios estadounidenses se multiplicaron con más emisión y más baja de la tasa de interés pero sin grandes resultados. Para evitar el colapso propio, China empezó a copiar dichos mecanismos con una desregulación del sistema bancario y el comienzo de expansión del crédito interno [1]. Con todo, el impulso real fue mucho más tenue que el logrado en 2009. Desde 2011, según datos del Banco Mundial, el comercio mundial empezó a estancarse y en el último año ya muestra una tendencia a la caída. El escenario planteado tuvo un efecto inmediato en la caída de los precios de las materias primas y se habla de un próximo estallido de la burbuja financiera china [2].

Efecto dominó

El vaivén provocado por la suba y caída de los precios de las materias primas marca el stop & go de las economías de América del Sur. La fuerte caída de 2009 pudo ser amortiguada por las reservas acumuladas los años previos, porque la recuperación de los precios fue más rápida de lo esperada y, por último, porque sus economías empezaron con su propio ciclo de endeudamiento. En Venezuela y Brasil se produjo una fuerte expansión de la deuda externa, aprovechando las bajas tasas de interés a escala global. En manos del Estado, en el primer país, y en manos del capital privado, en el segundo. Argentina se quedó afuera porque aunque hizo todos los intentos posibles por retomar las relaciones carnales con los centros financieros después del default de 2002, se tuvo que contentar con la expansión de la deuda interna, que al no tener la garantía de los dólares siempre va acompañada de inflación.

En 2013 y 2014, estos tres mecanismos empiezan a mostrar sus límites. Al estancamiento y caída de los precios de materias primas que observamos en estos meses (con el barril de petróleo rumbo a estar por debajo de los 80 dólares y la tonelada de soja perforando los 400), se suma que las reservas de los bancos centrales ya no son tan grandes y hay una perspectiva de encarecimiento de los créditos internacionales. En Venezuela y Argentina la escasez de dólares llevó a fuertes devaluaciones [3] que evidencian la contracción económica y a la vez buscan una baja salarial. En Venezuela, la falta de dólares tiene un efecto inmediato en carencia de insumos básicos y alimentos porque, se trata de una economía que importa la mayor parte de las mercancías de consumo y de los bienes intermedios imprescindibles para la industria.

Esta debilidad del país caribeño es la exacerbación de lo que también ocurre con la industria argentina y brasileña [4]. Ambos países tienen mayor producción local que Venezuela, pero se trata de empresas poco competitivas a escala internacional que casi no logran exportar por fuera del Mercosur y que cuentan con una proporción de insumos importados muy alta. Por lo tanto, ante la perspectiva de menos dólares por la caída de los precios de las materias primas exportadas y el freno a la disponibilidad de crédito, la economía empieza a contraerse. No solo porque empiezan a faltar insumos (como ya pasa en Argentina), sino porque las empresas pueden remitir menos ganancias en dólares a sus casas matrices. Todo lleva a una menor actividad económica. El Estado intenta zafar por la vía de la devaluación y el aumento del gasto público, pero, al no haber base real, la inflación se empieza a comer el efecto provocado por el estímulo artificial.

Brasil, que parece la más sólida de estas economías, empieza a sentir los mismos efectos. Al estancamiento de este año se suman presiones para devaluar la moneda y para ajustar el gasto público que creció en forma exponencial desde 2010 como intento de evitar los efectos de la crisis. Aunque a una tasa menor que Venezuela y Argentina, esta expansión estatal sin bases reales ya empieza a manifestarse en la inflación. Una muestra de que va por el mismo sendero.

¿Zafan de vuelta?

La contracción de Venezuela, Argentina y Brasil es contrastada por los neoliberales por el crecimiento de Bolivia, Ecuador, Colombia, Perú y Chile. El argumento es que esas economías no despilfarraron su riqueza con gasto público y que apelaron a tratados de libre comercio y a endeudamiento externo. Incluso, Evo aparece como un ejemplo a seguir al ser un “izquierdista responsable”, lo mismo que decían de Lula cuando a Brasil le iba bien. Pero la perspectiva de estos países no es mucho mejor. El descenso del precio de las materias primas va rumbo a ponerlos también en jaque. El gas y el cobre siguen la misma tendencia que el petróleo y la soja. La contracción económica todavía no les llega porque el peso de la economía que deben sostener con la renta de la tierra es menor. Al ser menor su consumo, se importan menos bienes, por lo que el déficit estatal no es tan grande y la balanza comercial no es tan deficitaria. Su fortaleza es, por lo tanto, expresión de su debilidad. Pero si la caída de materias primas continúa, también les llegará su turno. Empezando por las economías más grandes. De hecho, Chile ya empieza a sentir un menor crecimiento y una tendencia al estancamiento, como lo revelan los datos del índice mensual de actividad económica de su Banco Central. A su vez, si el desplome de las materias primas es más fuerte que en 2009, los países más chicos, al no tener otra fuente de apropiación de riqueza, volverán al panorama previo a los 2000, aun peor que el de los países más grandes de la región.

Dado este escenario, la búsqueda por recuperar las ganancias no tiene muchos caminos. Agotado el estímulo monetario en base a expansión de la deuda interna y emisión monetaria, solo queda bajar salarios y volver a endeudarse. El resurgir del neoliberalismo no aparece, por lo tanto, exclusivamente en la oposición, sino que es acompañado por los oficialismos que empiezan a adoptar estas medidas (véase artículo de Nicolás Grimaldi sobre Bolivia). La alternativa de volver a endeudarse afuera, sin embargo, no es automática. Se debe ser confiable. No por tener los pagos al día, sino por tener economías que al menos aparenten ofrecer rentabilidad a los capitales y poder sostener esa capacidad de pago. Es decir que deben ajustarse los presupuestos estatales y bajar los salarios.

Venezuela, de los tres países que venimos analizando, es quien tiene el panorama más complicado. De 2008 a 2012 expandió su deuda externa estatal en un 50% para sostener el gasto público, según datos de la Oficina Nacional de Crédito Público. Dada la imposibilidad de seguir expandiendo la deuda a estos niveles, la amenaza de default está sobre la mesa. Argentina, aun cuando expandió su deuda interna para financiar el creciente déficit fiscal, tiene un poco más de margen para endeudarse en el exterior al no haber pedido prestado en los últimos años por el default declarado. Aunque la condición para lograrlo es ofrecer rentabilidad. Con la caída de los precios de materias primas, las cuentas fiscales se resentirán aun más. El sueño de volverse Arabia Saudita gracias a Vaca Muerta, con el barril de petróleo en baja, no parece posible (ver nota de Bil y Farfaro Ruiz en este mismo número).

Brasil, por su cuenta, luego de un período de desendeudamiento, entre 2001 y 2007, a partir de la crisis de 2008 mantuvo estable su deuda externa estatal pero expandió su deuda privada más del doble (datos del Banco Mundial). De esta forma tiene cierto margen para el endeudamiento externo. Aunque con el déficit fiscal creciente y la caída de los ingresos por las exportaciones de materias primas, sin un ajuste también le va a ser difícil.

En síntesis, todo el escenario de América del Sur se resume en su capacidad de volver a ajustar, depurar capital sobrante y generar condiciones para volver a endeudarse. Es decir, volver al escenario previo a la supuesta salida del neoliberalismo.

Además de los conflictos sociales que implica ese tipo de política, el acceso a crédito es una forma más de escapar a la crisis, no de solucionarla. Es la posibilidad de estimular la demanda interna y sostener al capital local posponiendo su depuración y un ajuste aun mayor. Se suma, que la llegada del crédito está supeditada a lo que ocurra con la dinámica mundial y, como vimos, lejos de haberse resuelto, los mecanismos financieros a escala global enfrentan un límite cada vez más grande. En ese sentido, aun cuando consigan algo de aire una vez más, será con mucho menos fuerza que en los últimos años. Ni los neoliberales ni los populistas devenidos en neoliberales podrán entonces hacer nada. La clase obrera a nivel continental deberá enfrentar al ajuste por su propia cuenta y empezar a plantearse una estrategia propia, en lugar de seguir a las diferentes variantes de la burguesía que, aunque se presentan como contrapuestas, expresan diferentes momentos del mismo proceso de crisis general.

 

NOTAS

[1] Para un análisis de la dinámica de expansión de capital ficticio en los EE.UU., China, Japón y Europa ver la muy buena ponencia de Lewinger, Arturo: “Límites en la expansión del crédito global”, en VII Jornadas de Economía Crítica, La Plata, octubre de 2014.

[2] Los diarios y sitios financieros a nivel mundial alertan sobre este escenario. Por solo mencionar algunos: Bloomberg (http://goo.gl/AKFFhM) y Financial Times (http://goo.gl/7iPbKL).

[3] Sobre las devaluaciones en Argentina y Venezuela, ver: Kornblihtt, Juan: “Chavismo devaluado”, en El Aromo, nº 71, marzo-abril de 2013 (http://goo.gl/ndKAXn) y “No es una crisis cambiaria”, en http://goo.gl/MholUm

[4] Para un compilado de investigaciones que muestran la debilidad de la industria argentina ver http://goo.gl/F4xpBS. Para un análisis específico de Brasil donde se ve que se parece a la Argentina, véase Dachevsky, Fernando: “Escala en Río”, en El Aromo, nº 45, noviembre/diciembre de 2008.

http://www.razonyrevolucion.org/ryr/index.php?option=com_content&view=article&id=3025:viento-en-contra-la-baja-del-precio-de-las-materias-primas-y-la-contraccion-de-la-economia-en-america-del-sur-juan-kornblihtt&catid=272:el-aromo-nd-81-qse-vienen-las-fiestasq&Itemid=120

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