Las mujeres más pobres cargan con el trabajo más duro y menos visible

NOTA DE PRENSA

La desigualdad de género en Bolivia no solo se explica por la diferencia entre hombres y mujeres, sino también por las brechas que existen entre las propias mujeres. El nivel socioeconómico no solo condiciona el tiempo que destinan al trabajo, sino también el tipo de tareas que realizan, los recursos disponibles y el desgaste físico que enfrentan.

Así lo señala el boletín “Mujeres que trabajan (el doble). Desigualdades ocultas entre las mujeres de ciudades del eje central de Bolivia”, recientemente publicado por el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA). El análisis se basa en los datos de la Encuesta Urbana de Uso del Tiempo 2023 aplicada en las cuatro principales ciudades del país: La Paz, El Alto, Santa Cruz y Cochabamba.

Aunque más del 93% de las mujeres realiza trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, las de menores ingresos enfrentan una carga más pesada: trabajan más tiempo y en condiciones más exigentes.

“Las mujeres pobres, las que tienen menos recursos, llevan una carga mucho más pesada y mucho más manual, porque su propio cuerpo debe sustituir la falta de equipamiento y de servicios en el hogar”, señala la investigadora del CEDLA, Giovanna Hurtado.

En términos concretos, las mujeres de estratos bajos dedican en promedio 40 minutos más al día a estas tareas. Esto equivale, en un mes, a cerca de 20 horas adicionales de trabajo doméstico y de cuidado, que las de nivel alto.

Una de las brechas materiales más visibles está relacionada al acceso a equipamiento doméstico. Mientras el 82,4% de las mujeres de nivel alto cuenta con lavadora, solo el 20% de las mujeres de nivel bajo dispone de una.

“Esto significa que las mujeres con menos recursos deben lavar a mano, invierten un esfuerzo físico extenuante que las de clase alta pueden automatizar”, explica la investigadora.

Las diferencias no son solo de tiempo, sino también por las tareas que realizan. Mientras las mujeres de sectores altos tienden a realizar tareas de gestión (planificar compras, elaborar presupuestos, organizar), las de sectores bajos están concentradas en labores más rígidas y agotadoras: cocinar, limpiar, cuidar.

Además, enfrentan una mayor carga de cuidado directo. La mitad de las mujeres de menores ingresos cuida a niños o personas dependientes, frente a un tercio en los niveles más altos. La razón es estructural: el acceso a servicios de cuidado. “Las mujeres que tienen recursos pueden pagar servicios, mientras que las mujeres pobres tienen que absorber toda esa demanda de tiempo solas”, señala.

Este escenario configura un círculo de desigualdad: menor acceso a educación, empleos precarios y falta de servicios se combinan para intensificar la carga. “El 77% de las mujeres de nivel alto tiene estudios superiores, que les permitiría acceder a mejores puestos; frente al 19% en el nivel bajo, que quedan relegadas a empleos precarios”, detalla Hurtado.

En conclusión: “Las mujeres de estratos altos tienen recursos para comprar tiempo… las más pobres deben usar su propio cuerpo para compensar la falta de servicios y equipamiento en el hogar”, resume la investigadora y agrega: “La clase social define quién tiene derecho al descanso y quién está condenada a una jornada perpetua de desgaste físico”.


Conoce más en el boletín: Mujeres que trabajan (el doble) Desigualdades ocultas entre las mujeres de ciudades del eje central de Bolivia

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