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ERBOL • Los temas que la Argentina no quiere debatir • 16/05/2016

El indianismo es uno de ellos, dice Svampa
Los últimos años, el contexto político llevó a que se sobrestimara el valor de los intelectuales que apoyaban el proyecto del kirchnerismo, en detrimento de aquellos que participan de modo habitual en la escena política con un discurso más crítico del poder.
Una de las voces más destacadas –y no sólo en el plano nacional– de esta segunda corriente es Maristella Svampa, socióloga, escritora, analista política y docente universitaria.
Su nuevo libro, Debates latinoamericanos , da cuenta de sus preocupaciones y de sus saberes, de su lectura del acontecer político y social y de sus cualidades pedagógicas.
Los temas que aborda en sus páginas son cuatro, como lo explicita el subtítulo: indianismo, desarrollo, dependencia y populismo.
La metodología de exposición es muy simple: en una primera parte, describe la historia de cada uno de esos conceptos; en la segunda, su caracterización actual y sus hipótesis de trabajo. La enumeración de la bibliografía en la que se basó ocupa más de 50 páginas. Se trata de un estudio profundo y meticuloso.
La tradición crítica
–¿Cómo te imaginaste al lector cuando te sentaste a escribir el libro, porque no parece un texto para colegas o para el ambiente académico?
–Yo no soy academicista ni escribí este libro sólo para la academia, sino también para aquellos que se interesan en América latina. A esto apuntan todos mis ensayos e investigaciones. El libro combina diversas perspectivas disciplinarias: la historia de las ideas, la sociología política, la antropología, entre otras.
–Y en ese proceso, te definís como una intelectual “anfibia”…
–Frente a la tensión y disociación que existe entre el campo académico y el campo militante, propuse la hipótesis del carácter “anfibio” del intelectual para ilustrar la reflexión de aquellos que tenemos un pie en diferentes mundos. Como entendemos que no hay por qué renunciar a ninguno de ellos, buscamos pensar sus articulaciones. La propuesta nació así de una necesidad de clarificar una doble exigencia: la academia, con su demanda de distancia, y el activismo, con su demanda de compromiso absoluto. Nació de mi propia experiencia, pero es una idea pensada, sobre todo, en función de los investigadores que a partir de 2001 se plantearon la necesidad de construir una relación diferente con el mundo de los movimientos sociales. Creo que una de las ventajas de los intelectuales anfibios es la reflexividad, en la medida en que su pensamiento se desarrolla en el tránsito entre varios mundos.
–Esa autodefinición se vincula con tu percepción de una “frontera porosa” entre el campo intelectual y el campo político. ¿Estás pensando la relación entre el hacer intelectual y el compromiso político?
–El pensamiento latinoamericano se ha venido construyendo en esa frontera. José Martí decía que debía darse respuesta “a ambas tendencias y ser una persona de su tiempo y de su pueblo”. En esa línea, yo sostengo que lo propio del pensamiento crítico latinoamericano es que extrae sus tópicos, su talante teórico, su potencia, de los conflictos sociales y políticos de su tiempo, del análisis de la dinámica propia de acumulación del capital y de las formas que asumen las desigualdades sociales, raciales, territoriales y de género en nuestras sociedades. Mi libro se inserta en esa tradición crítica del pensamiento latinoamericano, que busca conciliar mirada global y análisis concreto, asociado a la idea de intelectual público y político, comprometido con un proyecto de cambio.
No debatir tiene su costo
–Decís que la Argentina prefiere ignorar la cuestión de indianismo porque eligió negar su componente indígena. ¿Cuál es el costo de marginarse de estos debates?
–En Argentina, la negación del componente indígena se expresa en el rechazo a pensar el lugar que los pueblos originarios tienen en la conformación de la nación argentina, sea en el pasado como en el presente. Ausencia, incluso, en las interpretaciones de lo que nos ha sucedido en épocas más recientes. Pongo un ejemplo: hay trabajos que buscan emparentar el terrorismo de Estado con el Holocausto y otros genocidios perpetrados en el siglo 20. Desde mi perspectiva, esta mirada debería ser complementada con lo que significó el genocidio originario, ya que los militares que perpetraron el genocidio contra las poblaciones indígenas de Argentina crearon los primeros campos de concentración y entregaron a los hijos de los indígenas a las familias blancas de Buenos Aires y La Plata, donde terminaban trabajando de por vida como personal doméstico.
–Algo que parece tener resonancias con lo que pasó un siglo después…
–La socialización de los indígenas en el orden dominante era parte del ideal de “civilización”, frente a lo otro, considerado como bárbaro y atrasado. Aunque no hay continuidades lineales, esto nos lleva a reflexionar sobre la actualización de la metodología de la apropiación, aplicadas primero sobre los indígenas y, un siglo después, sobre los hijos de desaparecidos durante la última dictadura militar. Porque el objetivo de la apropiación por parte de los militares era socializar a esos niños en el marco del orden dominante, frente a lo otro, que era considerado como “subversivo”. Así, el terrorismo de Estado tiene una matriz colonial que debe mirarse en el espejo del genocidio indígena.
–Los indios están “desaparecidos”…
–No por casualidad David Viñas escribió que los indios eran “nuestros primeros desaparecidos”. Y lo fueron porque para el orden dominante eran lo otro, los “subversivos”, y esta mirada hegemónica incluye la ciencia positivista de la época. No hay que olvidar que durante más de un siglo se conservaron los restos de muchas víctimas en diferentes museos, sobre todo en el de Ciencias Naturales de La Plata. Esto sucedió hasta 2000, cuando se inicia un camino sin retorno, que es el de la restitución de los restos de los indígenas a sus comunidades de origen. Este debate es ajeno a gran parte de la ciudadanía. Incluso muchos de mis alumnos de la Universidad de La Plata ignoran que en el Museo de La Plata se exhibieron restos de indígenas asesinados durante la llamada Conquista del Desierto hasta 2006…
–Pero además del debate sobre lo indígena, Argentina parece quedarse al margen de muchos debates, como el del desarrollismo y el del extractivismo.
–Ese debate está en el horizonte de diferentes organizaciones y movimientos sociales, cuyo rol es bastante marginal, en relación con el discurso dominante. En esa línea, lo que yo afirmo es que la discusión sobre el desarrollo y sus consecuencias (extractivismo y maldesarrollo; reprimarización de la economía, despojo de territorios, violación de derechos humanos) fue un punto ciego del kirchnerismo, que a todas luces fue desde el inicio un “progresismo selectivo”; esto es, miró la realidad con un solo ojo.
–¿Cuáles fueron las consecuencias de esa mirada parcial?
–Llevó a la obturación de numerosos debates y a la denegación de la existencia de otra agenda de derechos humanos, conectada con los impactos múltiples de los modelos de maldesarrollo, porque efectivamente poner en discusión la matriz neodesarrollista implicaba colocar en agenda las nuevas luchas ecoterritoriales y, en otros casos, (pensemos en lo que está sucediendo con las fumigaciones), visibilizar los impactos sociosanitarios. Esto no podría haberse hecho sin cuestionar las alianzas que el gobierno kirchnerista concretó a lo largo de 12 años con grandes corporaciones transnacionales (desde la Barrick Gold, pasando por Monsanto, hasta Chevron, por citar las emblemáticas). Además, mi hipótesis es que “más extractivismo” es sinónimo de “menos democracia”. No por casualidad se buscó sistemáticamente obstaculizar o manipular los dispositivos democráticos para que la población involucrada no se exprese. Eso pasa en Malvinas Argentina, en Córdoba, donde la gente no quiere que se instale una planta de Monsanto y exige una consulta pública, sin manipulación ni asimetrías.
–Decís que el debate está en los movimientos sociales y que discursivamente es marginal. ¿Esa marginalidad no afecta a todas las formas de encarar la cuestión?
–Tampoco exageremos lo de la marginalidad. Los debates de los que hablamos exigen o conllevan un cambio cultural, que no es fácil en la sociedad actual, sobre todo respecto de los modelos de producción y de consumo dominantes. Es cierto que los partidos políticos y sindicatos están llegando tarde al debate; pero algunos, sobre todo desde la izquierda y centro izquierda, se están acercando.
–¿Por ejemplo?
A partir de 2012, con la pueblada de Famatina contra la megaminería, la CTA autónoma viene abordando el debate sobre los modelos de maldesarrollo, tanto en relación con la megaminería como con el fracking e incluso con el agronegocio. Por otro lado, desde los gremios docentes se da cabida a estos debates, y no por casualidad en sus congresos o en las aulas se abren a las temáticas socioambientales. Por último, en las universidades, desde hace años existe un saber experto independiente de los saberes dominantes sobre estas cuestiones: comenzó con la discusión acerca de si las universidades públicas debían aceptar los fondos de La Alumbrera (2009-2010); fue simultáneo a la persecución al doctor Andrés Carrasco, ya fallecido, que denunció los efectos del glifosato sobre la salud (2009); hoy contamos con una Red de Médicos de Pueblos Fumigados y recientemente se creó la Red de Abogados de Pueblos Fumigados. Más simple, hay una ingente producción y militancia científica crítica sobre estos temas. Por último, respecto de los movimientos y organizaciones sociales, es cierto que comienzan desarrollando una respuesta defensiva, pero en la misma dinámica de lucha y a través de la socialización del saber, en muchos se advierte una radicalización de las posiciones, que va en el sentido de postular una mirada más global sobre estas problemáticas, que acentúa otra relación entre sociedad-naturaleza. Esa es la tendencia.
Bienes comunes o economía verde
–Contra la noción de “economía verde”, está la propuesta de pensar los bienes naturales como bienes comunes: permitiría conjugar protección con producción.
–Y también implicaría cambios en el consumo, que no es un tema menor. En el apartado que dediqué a la Fundación Bariloche, digo que nuestras izquierdas, en los años 1970, eran críticas del consumismo proveniente de los países del norte. En cambio, en los últimos 15 años, el progresismo abrazó los modelos de consumo exportados por los países más poderosos y construyó su legitimidad por la vía del acceso a mayor consumo por parte de las poblaciones, sin preguntarse sobre los procesos de producción y sus impactos negativos, en la sostenibilidad y regeneración misma de la vida.
–¿Qué coincidencias y qué diferencias existen en el discurso de los bienes comunes en los países del norte y los del sur?
–El lenguaje sobre los bienes comunes atraviesa tanto los movimientos de resistencia en los países del Sur como del Norte: bienes comunes, lo común o commons , en inglés. Estos incluyen desde el cambio climático, las ciudades, los bienes comunes digitales, la protección del agua, las semillas, la producción científica, el patrimonio cultural. Pero más allá de las coincidencias, hay que destacar los matices: mientras que en los países del norte la gramática de lo común se define en favor de lo público, esto es, en contra de las políticas de ajuste y privatización (el neoliberalismo), contra la expropiación del saber y la nueva economía del conocimiento (el capitalismo cognitivo y sus formas de apropiación) y sólo más recientemente en contra del extractivismo (en particular, contra la utilización de la fractura hidráulica o fracking ), en nuestros países periféricos, los bienes comunes son pensados más bien contra las variadas formas del neoextractivismo desarrollista, lo cual abarca desde procesos de acaparamiento de tierras, la privatización de las semillas y la sobreexplotación y despojo del conjunto de los bienes naturales. (La Voz del Interior)
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