La Prensa • El retorno de la política en las calles • LP_15_04_11

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El retorno de la política en las calles

Si por una parte la política en Bolivia discurre en los marcos de las instituciones políticas de la democracia, por otro, siguiendo la vieja tradición del sindicalismo revolucionario, que data más o menos de los años 30 del siglo XX, la política sucede también y de manera recurrente en las calles. Es decir que se produce el fenómeno de la “política en las calles”, que implica que la política no se define en procesos institucionalizados, sino que opera a través de actos de masa, en asambleas, bloqueos de caminos, manifestaciones y rebeliones sociales, al ritmo de palos y dinamitas. Esto refleja las viejas tradiciones mineras que, en épocas contemporáneas, se reinventaron como conducta cotidiana de los sindicatos cocaleros —fuente de nacimiento del MAS— o de movimientos sociales, juntas de vecinos u otras organizaciones de la sociedad. Para algunos historiadores, ésa es una “memoria corta” de los actores sociales, pues habría una “memoria larga” que implica también levantamientos y rebeliones sociales —que hace siglos habrían tenido un signo indígena y que hace 60 años tienen a la cabeza a sectores populares. O sea que, ya sea por una historia de décadas o de siglos, la política en Bolivia suele acontecer en las calles.

Esa “política en la calles” no necesariamente soporta la institucionalidad democrática, sino que, por el contrario, trata de enfrentarla o de negarla y, en general, apuesta por salidas que no son institucionales. Aunque capta la “memoria larga” de los movimientos sociales, su visión es de corto plazo, de ventajas inmediatas y no de una construcción institucional de largo plazo. En una época en que en varios países se cayeron o debilitaron los sistemas de partidos (ya sea en Venezuela, Ecuador o Bolivia), tiene mucha importancia mirar también a los movimientos sociales. Estas organizaciones de la sociedad civil abiertamente hacen política y disputan a los partidos el monopolio de la política y de su representación. En cierta medida, algunos giros a la izquierda, en especial en los países andinos, tienen que ver con ese renacimiento de la sociedad civil y con el equivalente debilitamiento de las instituciones partidarias. En Venezuela, Ecuador y Bolivia se han hundido los viejos partidos políticos, y el Poder Judicial es muy dependiente del Poder Ejecutivo. En los tres primeros países se dieron intentos refundacionales del Estado a partir de sus respectivas asambleas constituyentes, lo cual implica de manera práctica dejar de lado a las instituciones existentes e intentar colocar nuevas instituciones, proceso que hasta ahora resulta ser muy difícil.

Para el caso boliviano, es muy fuerte la tradición del sindicalismo revolucionario centralizado, el que no privilegia las tareas del reivindicacionismo económico, sino que, por el contrario, define las tareas del sindicato como las de cualquier partido político. En efecto, los sindicatos se entienden a sí mismos como cuasi partidos o proto partidos, cuyo objetivo es la toma del poder y la generación de su propio Estado. Estos sindicatos, desde la década de 1940, o sus versiones modernas de ensamble entre sindicato y movimientos sociales en las últimas tres décadas, poseen la tradición de contar con el apoyo de algunas ONG o de algunas instituciones universitarias públicas. Estas son las que juegan una suerte de think tanks para procesar ideas y propuestas de agenda política para los sindicatos o movimientos sociales. En las dos últimas décadas, muchas ONG, actuando en red, participando en los foros sociales, en los movimientos antiglobalización y antineoliberalismo, en los eventos alternativos a las reuniones del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional, u organizando eventos paralelos al Foro de Davos, han generado una suerte de empowerment de los movimientos sociales y han apoyado a la organización política de esos actores de la sociedad civil. Los ejemplos más salientes de esas ONG son UNITAS, CEDLA, CEBIAE, Fundación Solón, CEJIS, Senda, Cedid y Programa Nina.

En consonancia con ese hecho, el apoyo de muchas cooperaciones bilaterales, en especial de países europeos, ha privilegiado también el empowerment de la sociedad civil, y por esa vía ha dado un oxígeno importante, recursos, asistencia técnica y creación de agenda a muchos movimientos sociales. Algunos de estos movimientos han entrado directamente en la política y en la disputa de la titularidad del poder frente a los denominados partidos tradicionales. El derrumbe de los partidos denominados tradicionales coincide con la entrada en escena del MAS como una fuerza política nueva que copó los espacios de la política desde las elecciones generales de 2002, en las que casi alcanza el poder, pues quedó a 1,5% del MNR que ganó las elecciones. La victoria del MAS en las elecciones de diciembre de 2005, con una mayoría absoluta de 53,7% de la votación nacional, fue un fenómeno digno de estudio. Es importante la conexión entre esa fuerza política y algunos think tanks de varias ONG que podrían haber tenido roles e influjo en la definición de sus agendas políticas y ofertas electorales.

El caso del MAS es interesante, pues genera la posibilidad de hallar un encuentro o vasos comunicantes entre dos tradiciones bolivianas de cultura política. Por un lado, la “memoria larga”, que data de más de un siglo, que radica en la existencia de una cultura de la “política en las calles”, la que no transita por canales institucionales. Y, por otro, de una cultura política reciente, que no pasa de dos décadas, que es la cultura de la democracia representativa, que discurrió en canales institucionales. El MAS, en la última década y media, ha transitado o utilizado muy sagazmente ambas culturas o tradiciones de hacer política, y lo hizo con tal eficacia que logró esa victoria de mayoría absoluta en las elecciones de 2005 y 2009.

El MAS no es un partido clásico y tampoco pretende serlo, y menos aún es una organización partidaria institucionalizada. Es, más bien, una federación de sindicatos y movimientos sociales y hasta de algunas ONG. Ésa es la especificidad que se liga con los think tanks que apoyan al MAS. Como fuerza política de importancia, por supuesto que posee relación con think tanks, pero éstos no pueden ser de la modalidad tradicional de los think tanks internos creados por los partidos políticos. El MAS tampoco calza en la modalidad clásica de los think tanks externos que apoyan a las organizaciones partidarias.

La especificidad del MAS consiste en su articulación con algunas ONG que se convirtieron en think tanks de los movimientos sociales y, de esa manera, se conectaron y convirtieron, después, en think tanks del propio MAS. La ventaja de este “modelo” radicó en que tales ONG podían aparecer como externas al partido, pero en realidad ser una suerte de think tanks internos del MAS. La ventaja del MAS, de no entenderse a sí mismo como partido, sino como articulación de movimientos sociales, le dio la facilidad de obtener el apoyo de ONG —y hasta de cooperaciones internacionales— sin que éstas aparezcan dentro de una estructura institucional del MAS.

Es muy importante la relación de think tanks, en especial de ONG, con un partido no tradicional, el MAS, pero en el contexto especial de rebelión de movimientos sociales que actúan como partidos políticos; fenómeno que condujo —por diversas razones— al desplome del sistema de partidos y a la existencia de una democracia en la cual ahora no existen partidos políticos. Justamente como consecuencia del gasolinazo se vio la salida de los movimientos sociales a las calles, casi rebasando al MAS, demostrando que la política en las calles es más fuerte que la política de las instituciones clásicas de una democracia.

Carlos Toranzo es director de Tiempo Político.

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