Estampas de un paro estúpido

Winston Estremadoiro*

Una solución son los tranvías y los trenes propulsados por el abundante gas natural del país.
Es formidable el peso del gremio de los choferes —más de 150.000 afiliados. Como en el manicomio, no son todos los que están, ni están todos los que son: en la coraza sindical se ocultan dueños que son empresarios millonarios, no proletarios sindicalizados. Pero no hay duda de que su poder deviene de la verticalidad, disciplina y agresividad al aplicar medidas de presión: que lo digan los gobernantes que han tumbado. También es notable su astucia, demostrada en el apego adulón a gobiernos que socapan sus privilegios: ¿se acuerdan del dirigente que pidió las medidas del pantalón del dictador?

Después de una seguidilla cruenta de tragedias atribuibles a choferes ebrios o cansados, cuando no a la desidia en cumplir normas de mantenimiento de vehículos, el gobierno de Evo Morales puso el cascabel al gato con el Decreto 420, que contempla sanciones drásticas para los choferes que protagonizan accidentes y a los dueños y empresas, dado que suya es la responsabilidad residual.

Los afectados lanzaron el grito al cielo, con un paro insolente de dos días. Por fin la Policía ejecutó medidas efectivas, despachando brigadas con nutrida dotación de policías munidos de gases y aerosoles disuasivos de agresiones montoneras de choferes; ordenando anotar o decomisar placas y remolcar vehículos bloqueadores.

La prensa oral y escrita destacó el estúpido paro, menos con ojos críticos de una medida de presión costosa para la economía del país, más con lente de comentaristas deportivos que agrandan o minimizan según sus preferencias. Bajo la segunda óptica, creo que ganó el Gobierno. Sin embargo, éste es un período electoral y atemorizado del voto castigo, puede que pierda en mesa lo que ganó en cancha. Un reglamento acordado delimitará responsabilidades compartidas de choferes, dueños y empresas, policías y entes gubernamentales.

He experimentado el antes, durante y después de una ciudad sin la cacofonía de ruidos, sin peligro peatonal y sin la polución del aire de vehículos de transporte público. Tensiona manejar en calles repletas de taxis, trufis, surubíes y micros que paran donde quieren. Durante el paro, caminé por una ciudad de aire limpio y sin bocinazos; crucé por pasos de cebra sin hacer de torero esquivando cornadas. Luego desperté a la dura realidad de conducir requiriendo tres veces más de tiempo para cualquier tramo.

Es incierto el desenlace de la guerra entre el Gobierno y el autotransporte. No es la primera batalla que gana el Estado. Ayer fue exigirles el pago de impuestos de ventas que todos pagamos. En la actual, la reglamentación convenida puede ser inocua para ambos, si es que el Gobierno cede —y que se joda la ciudadanía, como siempre.

Sería un incidente más en una guerra boba, como la de la II Guerra Mundial donde los bandos se miraban uno a otro desde sus trincheras y casamatas, antes de la arremetida por las Ardenas del blitzkrieg alemán. En un gobierno que presume de capitalista de Estado, contrario al capitalismo salvaje de choferes que hacen lo que les viene en gana, similar arremetida sería promover el transporte público masivo en municipios y conurbaciones.

Una solución son los tranvías y los trenes —subterráneos o elevados— propulsados por el abundante gas natural del país. Opción ecológica por la reducción de emisiones contaminantes del aire urbano; es descongestionante de la colmatación citadina por la plaga de cacharros del transporte público. Alternativas bimodales de trenes bala y buses en el altiplano quizá devuelva los flamencos a los lagos de colores del sur y palie la polución en los salares; sería más seguro y rápido viajar entre urbes del eje troncal. Los convoyes en corredores de integración bioceánica acarrearán ingentes tonelajes de Brasil a Chile, cruzando Bolivia camino a mercados asiáticos, atosigando aún más las carreteras de la muerte. Urge el transporte público masivo.

*Winston Estremadoiro

Fuente: La Razón